A los médicos les gusta hablar de ‘el arte y la ciencia´ de la medicina. Es algo que a mí siempre me ha parecido bastante presuntuoso, y prefiero considerar lo que hago una forma de artesanía práctica

 

Me resulta interesante como médico de familia reseñar un libro de un neurocirujano. Posiblemente estas dos especialidades sean las que más alejadas se encuentra en el campo de la medicina. Quizás en un punto equidistante entre ambas se pueden encontrar algunos elementos nucleares de esta práctica médica cada vez más heterogénea.

El título del libro es sugerente. Se inicia con el postulado hipocrático de no hacer daño (Primum non nocere). El autor sabe que una medicina bien intencionada puede hacer sufrir, algo que conocemos todos los que nos dedicamos a esta profesión. Dañamos cuando llegamos tarde al diagnóstico y no intervenimos a tiempo, así como cuando diagnosticamos en exceso y realizamos intervenciones fútiles – ahora la balanza esté más cargado hacia lo último. Lo interesante de Marsh es que además de reconocerlo, logra narrarlo de forma íntima y sincera en un libro que a ratos se torna doloroso.

“El autor sabe que una medicina bien intencionada puede hacer sufrir, algo que conocemos todos los que nos dedicamos a esta profesión.”

A pesar de narrar también casos exitosos, los relatos de Marsh giran alrededor de la pesada sombra del error quirúrgico. Ese pequeño cementerio interior en el cual – según la cita de René Leriche  que abre el libro – acuden a rezar, de vez en cuando, los cirujanos. La estructura y el estilo narrativo recuerdan a los descarnados cuentos de Hemingway. No hay adornos innecesarios, sino la crudeza de un género que podría perfectamente llamarse realismo quirúrgico. Un realismo curtido por la experiencia que le permite entregar una visión honesta –y a ratos cruel – de la práctica médica.

Durante el libro hay momentos sobresalientes como la vívida y tensa caza de un aneurisma cerebral con instrumentos que fallan en último instante, la descripción de una medicina ucraniana que se miente a si misma – ¿Che ti dice la patria? – y la dolorosa comunicación con pacientes sobre su muerte inminente. Asimismo, hay críticas frontales a una burocracia hospitalaria sobrepasada que se revela en la insuficiencia de camas para pacientes críticos, la incorporación de programas informáticos que enlentecen las atenciones y las capacitaciones en atención al cliente que resultan inadecuadas para abordar las complejas emociones que se despiertan cuando tratamos con la vida y la muerte. Lo reiterativo de estas críticas a lo largo del relato hace pensar hasta cuánto están teñidas por el lamento de la pérdida de estatus de un médico – cercano a su jubilación – en una medicina crecientemente administrada.

“Ese pequeño cementerio interior en el cual – según la cita de René Leriche  que abre el libro – acuden a rezar, de vez en cuando, los cirujanos.”

¿Son propias de la neurocirugía las observaciones de Marsh? No lo creo. Si bien en otras especialidades los errores son de cocción más lenta, éstos no dejan de ser dolorosos y desafortunados. Como dice el autor, el objetivo de exponerlos no es minar la confianza de la gente en la profesión médica, sino ayudar a comprender las dificultades – más humanas que técnicas – a las que nos enfrentamos cotidianamente como médicos. Una comprensión necesaria que puede acercar los relatos divergentes sobre la medicina y hacer menos solitario el ejercicio de este oficio.

Jorge Pacheco | @jorge_pacheco

Médico de Familia, Magíster en investigación social y desarrollo. Docente Universidad de Concepción.